miércoles, 15 de mayo de 2013

miércoles, 16 de enero de 2013

Las cosas del querer

Un día cualquiera le cuentas a tu madre una de esas cosas que pasan y te dice "¿Le has hecho foto para el blog?" a lo que tú le respondes "Si llevo sin escribir nada un montón de tiempo". A la mañana siguiente te levantas, compruebas que ese montón de tiempo son más de cuatro meses y te pones a escribir la chorrada en cuestión.
 
 
En estos meses ha pasado un cuatrimestre y, obviamente, me pongo a escribir cuando tendría que estar estudiando. Aún me quedan dos exámenes más, el viernes ambos. Y hoy va y amanece nublado. Qué quieres que te diga, a mí me da igual el tiempo que haga cualquier día pero para estudiar necesito un buen cielo despejado y que entre luz natural. Porque, oye, ya que tienes que estar metida en casa o en la biblioteca, pues qué menos que entre un poco de luz. Eso de estar con luz artificial desde las nueve de la mañana desanima a cualquiera. Total, que hoy ha amanecido como para desayunar y volverte a meter en la cama, como para hacer pan casero, ver una peli en el sofá y jugar al trivial. Y en lugar de eso tengo que estudiar gramática y alemán. Qué le vamos a hacer, que no tenga cosas peores que aguantar.
 
-¿Tantos meses y esto es todo lo que tienes que decir? ¿Una disertación sobre la influencia de las nubes en el estudio?-
 
Tranquilidad, no me voy sin contar lo de la radio pequeñita con forma de grifo que ha estado pegada al espejo de mi baño durante cuatro años sin que la encendiera ni una sola vez y de la que me acordé ayer cuando volvía a casa en el tren, pensé "igual encuentro una emisora decente para ponerla mientras me ducho". Al llegar a casa la encendí y no funcionaba, así que supuse que las pilas se le habrían acabado. La desventosé del espejo, abrí la tapita y oh, sorpresa, las pilas habían explotado. Mi cerebro pensó qué cosa más curiosa y asquerosa, seguro que no es nada bueno tocar esto, así que bajé en busca de mi padre para que él las quitara, pensando, ingenua de mí, que sería cuestión de reemplazarlas. Mi padre, bonachón e inocente, cogió una de ellas por un extremo y la intentó sacar dejando ver una masa asquerosa que debió ser líquido en algún momento pero ahora se parecía más al ámbar en versión tóxica. Tiró de ella y comprobamos que el muellecillo del polo negativo continuaba adherido a ella hasta dejar de ser muelle y convertirse en una barrita metálica casi completamente recta. Conclusión: aparato inservible. Otros cuatro años duchándome sin radio, total, para lo que hay que oír.