De como el déficit de atención me arrastró a no creer en el más allá y otras cuestiones
domingo, 20 de febrero de 2011
sábado, 19 de febrero de 2011
viernes, 18 de febrero de 2011
Love Sick
I’m walking through streets that are dead
Walking, walking with you in my head
My feet are so tired, my brain is so wired
And the clouds are weeping
Walking, walking with you in my head
My feet are so tired, my brain is so wired
And the clouds are weeping
Did I hear someone tell a lie?
Did I hear someone’s distant cry?
I spoke like a child; you destroyed me with a smile
While I was sleeping
Did I hear someone’s distant cry?
I spoke like a child; you destroyed me with a smile
While I was sleeping
I’m sick of love but I’m in the thick of it
This kind of love I’m so sick of it
This kind of love I’m so sick of it
miércoles, 16 de febrero de 2011
Los datos empíricos
No tenía grandes expectativas para el fin de semana. Lo malo que tiene haber hecho cosas geniales el fin de semana anterior es que, por mucho que lo intente, el fin de semana próximo no tiene nada que hacer; está predestinado a ser un fin de semana de pacotilla. ¿Qué sentido tiene escribir una entrada en el blog sobre un fin de semana mediocre? ¿De qué se habla cuando no pasa nada? No tengo ni idea, la verdad. Sólo se me ocurre empezar por el principio.
Era sábado por la mañana. Estaba en la cama, recién despierta pero más bien dormida. La persiana hasta abajo y la puerta cerrada para que no entre ni un sólo ruido, para que no se cuele la luz. Pipipipipi... Y el despertador venga a sonar ¡Qué pereza! Sólo tengo una cosa que hacer: estudiar. Y es lo último que me apetece hacer. Quiero subir a la montaña otra vez. Quiero sentir frío en las manos, escuchar el tintineo de los mosquetones al moverme, colgarme de una cuerda, andar y subir y parar y seguir y llegar, llegar y parar y que me tiemblen un poco las piernas del cansancio. Y bajar y andar y seguir y pensar en la ducha calentita que me voy a dar al llegar a casa. Y en su lugar lo que me espera son dos traducciones: un fragmento de los discursos de Lisias y un fragmento de no sé qué de Julio César, el Gótico y el Renacimiento y, para acabar, el plato fuerte, Hume, Kant, Rousseau, Marx y la madre que los parió.
No sé muy bien cómo pero al final me levanté. Y no sólo me levanté el sábado, sino que el domingo también, ¡qué remedio! Me consuelo pensando que va a ser el último año y que las montañas no se van a ir. Que van a esperarme para siempre. Eso me reconforta. Me gusta que me esperen para siempre. Pocas cosas te esperan tanto, así que, para que nunca se me olvide, me he hecho una lista de las cosas pacientes. Mis cosas pacientes son las montañas y las películas. Siempre voy a ambas como el que va por primera vez, incluso cuando son viejas conocidas voy con el mismo entusiasmo y el mismo respeto. Y ellas me devuelven el gesto, me guiñan el ojo y me hacen ver y sentir cosas que no había visto antes.
Ese fue mi fin de semana. Horas y horas con las traducciones, las características y los contextos intercaladas con viejas conocidas. Para compensar una cosa con la otra nada mejor que acudir al mejor, al maestro, a Billy Wilder. Esta vez las viejas conocidas fueron: The Fortune Cookie y Avanti! que en este país se llaman: En bandeja de plata y ¿Qué ocurrió entre tu padre y mi madre? Vaya usted a saber por qué.
Era sábado por la mañana. Estaba en la cama, recién despierta pero más bien dormida. La persiana hasta abajo y la puerta cerrada para que no entre ni un sólo ruido, para que no se cuele la luz. Pipipipipi... Y el despertador venga a sonar ¡Qué pereza! Sólo tengo una cosa que hacer: estudiar. Y es lo último que me apetece hacer. Quiero subir a la montaña otra vez. Quiero sentir frío en las manos, escuchar el tintineo de los mosquetones al moverme, colgarme de una cuerda, andar y subir y parar y seguir y llegar, llegar y parar y que me tiemblen un poco las piernas del cansancio. Y bajar y andar y seguir y pensar en la ducha calentita que me voy a dar al llegar a casa. Y en su lugar lo que me espera son dos traducciones: un fragmento de los discursos de Lisias y un fragmento de no sé qué de Julio César, el Gótico y el Renacimiento y, para acabar, el plato fuerte, Hume, Kant, Rousseau, Marx y la madre que los parió.
No sé muy bien cómo pero al final me levanté. Y no sólo me levanté el sábado, sino que el domingo también, ¡qué remedio! Me consuelo pensando que va a ser el último año y que las montañas no se van a ir. Que van a esperarme para siempre. Eso me reconforta. Me gusta que me esperen para siempre. Pocas cosas te esperan tanto, así que, para que nunca se me olvide, me he hecho una lista de las cosas pacientes. Mis cosas pacientes son las montañas y las películas. Siempre voy a ambas como el que va por primera vez, incluso cuando son viejas conocidas voy con el mismo entusiasmo y el mismo respeto. Y ellas me devuelven el gesto, me guiñan el ojo y me hacen ver y sentir cosas que no había visto antes.
Ese fue mi fin de semana. Horas y horas con las traducciones, las características y los contextos intercaladas con viejas conocidas. Para compensar una cosa con la otra nada mejor que acudir al mejor, al maestro, a Billy Wilder. Esta vez las viejas conocidas fueron: The Fortune Cookie y Avanti! que en este país se llaman: En bandeja de plata y ¿Qué ocurrió entre tu padre y mi madre? Vaya usted a saber por qué.
sábado, 12 de febrero de 2011
Contaminación en la sala 2
Se me ocurren pocas cosas mejores que hacer un viernes por la tarde que ir al cine a ver una película. Bueno, en realidad, no sólo los viernes por la tarde, podría valer para cualquier día de la semana. Pero las obligaciones son lo primero, ya se sabe. Así que ayer me fui al cine a ver Valor de ley, la nueva de los Coen.
A mí lo que más me gusta es ir al cine entre semana, a la primera sesión y cuando la película ya lleva días estrenada. Ir a la taquilla en la plaza de los cubos, pedir una entrada para una película de la que me gusta saber lo menos posible, que me hagan el descuento por ser jovencísima y tener la sala prácticamente para mi sola, eso es lo que más me gusta. Hace unos años me causaba perplejidad la gente que iba sola al cine, me parecía algo imposible de hacer. Pensaba: ¡¿Dios santo ir a la taquilla y decir una entrada?! ¡Qué horror! Ahora es lo que más me gusta y como tengo tantas manías como una octogenaria es lo mejor que puedo hacer. Me gusta llegar antes de que apagen la luz, ver los trailers y escuchar la sintonía de la productora. No soporto que la gente se ría demasiado alto. ¿Es que no se dan cuenta de que los demás vamos al cine para ver una película no para que nos demuestren que las cogen al vuelo? Si comentan la película me dan unas ganas de ahogarlos con mis propias manos que no sé yo si algún día no podré aguantarmelas y la haré una masacre. Hay algunas personas que hagan lo que hagan lo hacen demasiado alto. Sí, sí, es posible reírse demasiado alto, hasta es posible comer palomitas demasiado alto. La gente que aplaude al final de la película me pone tan nerviosa como los que aplauden al aterrizar un vuelo. Y a la salida del cine me gusta no comentar demasiado la peli, ¿tan raro es eso? Degustarla en silencio es mucho más placentero. A menos que la película sea un truño, en ese caso no me molesta decirlo. Creo que la importancia de todo lo anterior disminuye en función de lo mala que sea la película.
Ayer todo fue al revés: un estreno, un viernes, sin descuento, la sala estaba llena y, encima, entre ellos se encontraba Almodóvar... Al señor que tenía al lado incluso le sonó el móvil a mitad de la película. Y a pesar de todo disfruté de la película como una enana. Claro que es estupenda y, encima, sale mi Matt...
Ayer todo fue al revés: un estreno, un viernes, sin descuento, la sala estaba llena y, encima, entre ellos se encontraba Almodóvar... Al señor que tenía al lado incluso le sonó el móvil a mitad de la película. Y a pesar de todo disfruté de la película como una enana. Claro que es estupenda y, encima, sale mi Matt...
Hubo un poco de caos a la hora de entrar en la sala. Por un lado se les rompió una máquina y eso provocó que la película empezara quince minutos más tarde de la hora prevista. Y por otro, al ser un cine pequeñito había que dejar salir a los de la sesión anterior antes de entrar. Cuando aún estábamos en la calle uno de los trabajadores del cine nos avisó con quince minutos de antelación del retraso que iba a sufrir la proyección. Y, a pesar de eso, la gente empezó a quejarse diciendo cosas como "esto es increíble", "la organización es inaceptable", "que salga el encargado", etc. Así funciona la cosa, el otro día Gallardón sale diciendo que tenemos un aire limpio en Madrid y nosotros linchamos al vendedor de palomitas. Viendo como se pone la gente preferir estar sólo en la sala me parece poco.
jueves, 10 de febrero de 2011
La libertad de las cimas
Primer paso: Federarse
Tercer paso: Equiparse
Cuarto paso: Aprender
Quinto paso: Practicar
Sexto paso: Disfrutar
miércoles, 9 de febrero de 2011
Lápiz-tuitaria
Me gusta estrenar un cacao, me gusta conservar el botecito cuando lo acabo, me gusta el olor que tiene cuando le da el sol. Me gusta escribir con lápiz más que con ningún bolígrafo. Los lápices requieren más atenciones pero su mina dura más que la tinta de los bolis. Recién afilado es muy delicado y hace un trazo esbelto, según lo vas usando la punta se va redondeando y, el trazo, se hacer más grueso y, entonces, viene lo mejor: sacarle punta. El olorcillo que desprende la madera es embriagador. Sin olvidar, por supuesto, que con el lápiz siempre puedes rectificar. Vamos que el lápiz es el mejor invento del mundo, después del lavavajillas y la thermomix, claro.
El olfato es un sentido fascinante. Es el sentido encargado de detectar y procesar los olores. Y yo siempre me he preguntado cómo un olor nos puede hacer sentir y recordar tantas cosas. Y, por suerte para vosotros, que sé que no ibais a dormir tranquilos, ya tengo la respuesta. Al parecer en una parte de este proceso la información llega al sistema límbico y al hipotálamo que son regiones responsables de las emociones, sentimientos, instintos e impulsos y es donde también se almacenan los contenidos de la memoria y se regula la liberación de hormonas.
¿Tendrá alguna explicación científica el hecho de que lleve no sé cuántos años usando la misma colonia? No lo sé. Lo que sí tiene nombre es el hecho de que lleve todos estos años guardando los frascos: síndrome de Diógenes. Que, por cierto, pobre hombre, si levantara la cabeza y viera para lo que utilizamos su nombre se removería dentro de su barril.
Ah, y también he encontrado el motivo por el que algunas personas no se dan cuenta de que deberían pasar más a menudo por la ducha. Al parecer "las células olfatorias llegan a fatigarse: tras un largo periodo percibiendo una misma sustancia, dejan de emitir impulsos nerviosos respecto a ella, pero siguen detectando todos los demás olores."
martes, 8 de febrero de 2011
Goyas y porras
Hace tres años por estas fechas invité a mis amigos a cenar a mi casa para ver los Goya. Nada glamouroso, sólo nosotros seis plantados delante del televisor con unas pizzas y unas cervezas. En alguna de las pausas publicitarias previas al comienzo de la gala se nos ocurrió hacer una pequeña porra, digo pequeña porque fue simbólica, aunque el ganador se llevó lo mejor que se puede llevar uno: el reconocimiento de los demás miembros de nuestra pequeña familia. Cuando todo esto sucedía ninguno de nosotros fue consciente de que estábamos creando una tradición. Ya teníamos un bar de siempre, donde cenamos los tirabuzones de pollo con roquefort de siempre. Ese bar nos une, forma parte de nosotros, hemos compartido muchísimos momentos en él y siempre que alguno de nosotros pasa por delante o escucha a alguien mencionarlo, automáticamente nos viene a la cabeza nuestro pequeño grupo, nuestra familia. Es una forma de mantenernos unidos. Por muy lejos que estemos, o por mucho tiempo que pasemos sin vernos, siempre vamos a hacer la porra de los Goya, siempre vamos a quedar para cenar sin preguntar el lugar. Según va pasando el tiempo vamos añadiendo más tradiciones a nuestra lista. Ahora también hacemos la porra de los Oscars, intentamos irnos juntos de vacaciones al menos una vez al año, procuramos hacer un pique-nique en cualquier parque del mundo y hacemos vídeos de todo lo que compartimos. El primero que tenemos es de marzo de 2008 y el último de hace unas semanas. No me puedo imaginar las risas que nos vamos a echar dentro de veinte años cuando quedemos en alguna casa para ver todas esas horas de vídeo que vamos a tener.
¡Qué bien que llegan los Goya! A ver si gano este año... Deseadme suerte.
jueves, 3 de febrero de 2011
Alergia a la jubilación
Ayer estuve en el médico. Todos los años por estas fechas tengo que ir al alergólogo para que me haga las pruebas de la alergia. Y, como es costumbre, este año me ha vuelto a mandar que me vacune, bueno, que nos vacunemos. Porque siempre voy con mi padre, que también es alérgico, y mi madre, que nos hace el favor de acompañarnos.
Lo que ocurre en la consulta se repite todos los años. Mi madre pide la cita. Vamos los tres a la consulta. Nos recibe una chica que no sonríe nunca y que trabaja en una mesa enana que está pegada a la puerta de entrada de la consulta, vamos, casi casi en la escalera. (Sí, yo también entendí porque no sonríe nunca). La alumbra una luz tan amarillenta y tenue que no sé cómo no se ha quedado ciega de trabajar ahí. Nos pasa a una salita de espera que tiene unos sofás negros de cuero del año catapún y que levantan veinte centímetros escasos del suelo, en los que no te puedes sentar, sino que te tienes que tirar y que, según pasan los minutos, te van succionando. (Lo de los sofás incómodos da para rato, pero esa es otra historia).
Lo que ocurre en la consulta se repite todos los años. Mi madre pide la cita. Vamos los tres a la consulta. Nos recibe una chica que no sonríe nunca y que trabaja en una mesa enana que está pegada a la puerta de entrada de la consulta, vamos, casi casi en la escalera. (Sí, yo también entendí porque no sonríe nunca). La alumbra una luz tan amarillenta y tenue que no sé cómo no se ha quedado ciega de trabajar ahí. Nos pasa a una salita de espera que tiene unos sofás negros de cuero del año catapún y que levantan veinte centímetros escasos del suelo, en los que no te puedes sentar, sino que te tienes que tirar y que, según pasan los minutos, te van succionando. (Lo de los sofás incómodos da para rato, pero esa es otra historia).
Después de esperar un ratito nos llama la misma chica que nos ha recibido y nos pasa a la consulta. La consulta tiene aún menos luz que el pasillo, una mesa de ébano enorme, un ordenador de hace mil años, un mapamundi antiquísimo en la pared del fondo y, a la izquierda, una estantería llena de manuales de medicina. El médico siempre nos dice lo mismo: ¿Cómo pasasteis el año pasado? ¿Teneis algún síntoma? El año que viene tenéis que venir un poco antes. A lo que mi padre siempre responde lo mismo: ¿Cómo cuánto? Y él le dice: un mes. Este es el cuarto año que presencio esa conversación. Adivinad en qué fecha iremos el año que viene.
Desde el año pasado las pruebas nos las hace él mismo. Antes nos las hacía un enfermero muy majo y muy cuidadoso. El médico no es que no sea majo, es que en lugar de pincharte como hacía el enfermero hace palanca con la lanceta (claro que ¿qué va a hacer con un instrumento que se llama así?), vamos que te pica en cada una de las gotitas del extracto y te destroza el brazo. Luego nos vuelve a mandar a la sala de los sofás carnívoros durante unos minutos hasta que el brazo parece haberse hartado de lacasitos y nos vuelve a llamar para ver el resultado.
Todos los años tiene una muestra de arizonica que ha cogido unos días atrás metida en una bolsa de plástico. Ayer nos la enseñó de tan cerca que nos empezó a picar la nariz a todos, él incluido. También tiene siempre un gráfico con los niveles máximos alcanzados durante el año anterior y nos lo enseña siempre con mucho entusiasmo. Mientras nos cuenta todo esto nos echa un chorrillo de alcohol rebajado al 25% (rebajado con agua por él, cosa que siempre nos explica) para que se calme el brazo, a veces se enrolla tanto que tarda bastante en echarte el chorrillo y dan ganas de levantarte y echártelo tú mismo.
El resultado de las pruebas es parecido todos los años. Al principio yo era un poco alérgica y a una sola cosa. Este año ya soy alérgica a las gramíneas, al plátano de sombra y a los gatos, y, me estoy empezando a hacer a los perros y a la arizonica. Mi padre es alérgico a la arizonica, las gramíneas y a los gatos. A él le ha dicho que si este año no nota muchos síntomas el año que viene no le vacuna. Y a mí me ha dicho que por la edad que tengo me iré haciendo alérgica a más cosas. Esto no me preocupa demasiado porque pueden pasarte cosas peores.
El resultado de las pruebas es parecido todos los años. Al principio yo era un poco alérgica y a una sola cosa. Este año ya soy alérgica a las gramíneas, al plátano de sombra y a los gatos, y, me estoy empezando a hacer a los perros y a la arizonica. Mi padre es alérgico a la arizonica, las gramíneas y a los gatos. A él le ha dicho que si este año no nota muchos síntomas el año que viene no le vacuna. Y a mí me ha dicho que por la edad que tengo me iré haciendo alérgica a más cosas. Esto no me preocupa demasiado porque pueden pasarte cosas peores.
Cuando nos está haciendo las recetas con las que encargar las vacunas en la farmacia siempre nos cuenta alguna anécdota y, normalmente, eso le distrae y le hace equivocarse y tener que repetir las recetas, en una ocasión hasta en tres ocasiones. Este año no se equivocó ni una sola vez pero sí nos contó que él no quiere jubilarse. Que con los setenta y pico años que tiene trabajando en su consulta de lunes a jueves y sólo por las tardes está la mar de contento. Y más desde que el otro día un compañero de profesión que se ha jubilado hace poco le contó que está hundido. Nos contó que estuvo hablando con él por el mañana y que la familia del pobre hombre le humilla y le trata como a un mueble. Al parecer cuando llovía, el portero de la casa donde vive, le iba a buscar al coche con el paraguas y, desde que se ha jubilado, ni siquiera le da las buenas tardes. Ves, cosas peores pueden pasarte.
lunes, 24 de enero de 2011
¿Por qué me cae mal Javier Marías? III
Y vuelta la burra al trigo... véase el dominical de El País. Que sepa el Sr. Marías que a mí me la pendula lo de los delatores y delatados, que sé que debe estar preocupado por mi opinión, hasta me han dicho que no ha dormido desde la publicación de su artículo para ver si me pronunciaba. Pues aquí va. A mí lo único que me importa es poder tomarme una caña con mis amigos sin aguantar el humo de los cigarros. El sábado lo conseguí y, por cierto, mis amigos y yo (algunos de ellos fumadores, los pobres) nos sorprendimos muchísimo porque al entrar en nuestro bar de siempre pudimos ver, desde la puerta, si había, o no, sitio al fondo, cosa que antes era imposible por el humo, claro. Y ya está, que no pienso perder ni un minuto de mi tiempo en delatar a nadie y menos aún en leer sus artículos, porque lo que si he podido observar es que me aburren que te cagas. Igual lo que hago es chivarme a Polanco y decirle que es usted un coñazo y que a ver si le largan y en su página ponen un buen anuncio de esa campaña tan vistosa que dice algo así como FUMAR MATA.
jueves, 20 de enero de 2011
Manrique en la Abadía
Los días previos al concierto transcurren con normalidad. Los tres sabemos que el día se acerca pero no lo comentamos entre nosotros. Sólo se aprecian pequeños movimientos: primero, a finales de noviembre, cuando mi madre y yo compramos las entradas, recibimos un resguardo de la compra en el correo electrónico. Después le reenviamos a mi padre el resguardo para que lo imprimiera. Mi padre, muy obediente, lo imprimió y lo dejó en la mesa del comedor a principios de diciembre. Parecía una carrera de relevos, sólo que en lugar de cuatro eramos tres, ah, y que, además, somos de todo menos atletas. Y, por último, a finales de diciembre, mi madre cogió el testigo y fue al cajero automático a imprimir las entradas. Al llegar a casa las dejó en el salón. Del salón tendrán que pasar a la nevera, pensé, y entonces quedarán menos de veinticuatro horas para la meta. Y, tachan, esta mañana cuando he ido a coger la leche de la nevera para echársela a mis cereales, ahí estaban.
La primera vez que le vi tendría como seis o siete años y a lo largo de mi corta, cortísima vida le he visto ya unas cuantas veces. Mis padres siempre me han llevado a ver, y a hacer, cosas de mayores. Y yo siempre hacía como que no me gustaba, siempre me quejaba y les decía: "veis, siempre soy la única niña, vaya rollo" y en el fondo pensaba "como mola estar en el Círculo de Bellas Artes un sábado por la noche para verle a él, a Amancio Prada, o pasar un domingo viendo cuadros de Sorolla, o ver una peli para mayores un viernes". Eso sí, siempre en la primera sesión y siempre en versión original. Sí, esta costumbre también la he heredado. Lo malo es que ahora ya no soy la más pequeña, siempre hay alguna niña que me quita el puesto en los conciertos, en los museos y en el cine.
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| Círculo de Bellas Artes. Madrid |
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| Teatro Principal. Zamora |
Esta noche cruzaré los dedos para que mañana cuente muchas anécdotas y nos tenga allí hasta las tantas de la madrugada.
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| Ermita de la Anunciada. Urueña |
lunes, 17 de enero de 2011
Hotel Room
"¿Quién soy yo para juzgarlo? Si pudiéramos exponer a la luz las miserias de las personas, los errores, las torpezas, los crímenes, nos encontraríamos con la penuria más absoluta, la verdadera indignidad. Por suerte, piensa Lorenzo, cada uno llevamos nuestra secreta derrota bien adentro, lo más lejos posible de la mirada de los demás."
Saber Perder de David Trueba
miércoles, 12 de enero de 2011
No fumo
No soy fumadora. Y no quería ahondar más en el tema porque tengo amigos y amigas que sí son fumadores. Pero no puedo evitarlo. Estallo si no lo hago. Me siento en la obligación moral de hacerlo. Sobre todo después de ver, escuchar y leer las actitudes que han tomado algunos fumadores. Cuando escucho argumentos ridículos de gilipollas, tanto en la televisión (abundan los gilipollas), como en la radio, o de cualquiera con el que comparto unos minutos en el metro, no me puedo cortar, me parecen, simplemente, gilipollas. Pero cuando los argumentos ridículos los utilizan mis amigos, ¿qué pasa? Algunos pensareis que la primera gilipollas soy yo por considerar que dicen gilipolleces sin rebatirlos, otros, seguro que os habéis visto en una situación parecida alguna vez, y los demás, los gilipollas, seguiréis diciendo gilipolleces. A mí, básicamente, me la suda lo que penséis todos. Todos menos mis amigos. Y como lo que piensan mis amigos me importa, no he podido evitar, en estos días pasados, acalorarme demasiado hablando con ellos del dichoso temita, de la dichosa Ley Antitabaco. A todos mis amigos los considero bastante razonables y, por eso, no me entra en la cabeza cómo es posible que no se den cuenta de que no hablan ellos sino su adicción a ese vicio asqueroso.
Aunque ya haya dicho lo que pienso del tema en la primera entrada del blog, voy a volver a entrar al trapo. "Es absurdo que se intente defender lo indefendible" como muy bien decía Santiago Segura. No voy a enumeraros la cantidad de sandeces que he oído al respecto de los detractores. Y tampoco voy a ponerme a enumerar los motivos por los que nadie debería estar en contra de esta nueva ley porque me parecen demasiado obvios. De verdad creo que es de sentido común. Es más, estoy segura de que con el paso del tiempo esto se convertirá en lo mismo que debió ocurrir en su momento con lo de fumar en los aviones o los autobuses. Con todo lo joven que soy (¡una niña!), recuerdo que antes se podía fumar en las últimas filas y, ahora, a todos nos parece una locura, una cosa de otro planeta.
Aunque ya haya dicho lo que pienso del tema en la primera entrada del blog, voy a volver a entrar al trapo. "Es absurdo que se intente defender lo indefendible" como muy bien decía Santiago Segura. No voy a enumeraros la cantidad de sandeces que he oído al respecto de los detractores. Y tampoco voy a ponerme a enumerar los motivos por los que nadie debería estar en contra de esta nueva ley porque me parecen demasiado obvios. De verdad creo que es de sentido común. Es más, estoy segura de que con el paso del tiempo esto se convertirá en lo mismo que debió ocurrir en su momento con lo de fumar en los aviones o los autobuses. Con todo lo joven que soy (¡una niña!), recuerdo que antes se podía fumar en las últimas filas y, ahora, a todos nos parece una locura, una cosa de otro planeta.
Aviso. Al próximo que vuelva a oírle que se están pisoteando los derechos de los fumadores no sé qué le hago. ¿Sus derechos? ¿Y los de los demás? ¿Cuándo se ha respetado a los no fumadores? Nunca, y eso se lo puedo garantizar yo. ¿Por qué? Porque yo también hice el tonto durante un tiempo con el tabaco y sé de sobra que el fumador, con el tema del tabaco, es un impresentable. Cuando me terminaba el cigarrito en la calle lo tiraba al suelo. Fumaba en las filas mientras esperaba al autobús o a la entrada del cine y un largo etcétera. Y cuando lo hacía no era consciente de lo asqueroso y molesto que era, que es, para los que tienes cerca. Pero es que no sólo es eso. Es que también he fumado en bares con niños y no fumadores bien cerquita. Y no es que no me haya importado, es que ni me lo planteaba, el cigarro era una extensión de mi cuerpo y ésta es la parte asquerosa. Todas estas cosas también las hacen los demás fumadores, los que aprecio y los que no. Y que nadie me salga con lo de las zonas de no fumadores, ¿o me van a decir ahora que yo he sido la única persona en todo el país que ha estado en restaurantes con zonas de fumadores y no fumadores separadas por una pared invisible?
El colmo de la soberbia de los fumadores, de todos ellos, incluido el mío, por eso decía lo de hacer el tonto, es el de quien, después de hablar de esto, dice cosas como, por ejemplo, "Ahora no voy a dejar de fumar ni de coña" o "Hablando del tema me dan ganas de sacar un cigarrito". Hijo, pues peor para ti. ¿No te das cuenta de que el único perjudicado a partir de ahora vas a ser tú? Tú, tu salud y tu bolsillo, porque gracias a la Ley Antitabaco los demás ya no vamos a tener que aguantarte.
lunes, 10 de enero de 2011
Feliz vuelta a clase
La vuelta al colegio después de las vacaciones de navidad siempre es muy emocionante. Recuerdo cómo cuando era pequeña me iba a la cama la noche anterior con muchas ganas de ver a mis amigas de cole y cómo, a la mañana siguiente, saltaba de la cama sin que nadie me tuviera que despertar. Eran, todo hay que decirlo, raras las veces: los días que había excursión y no había clase o el mismo día de Reyes. Abrías un ojo antes incluso de que sonara el despertador, y comenzabas la rutina de las tres Des: desayuno-ducha-dientes, con un entusiasmo nada habitual a esas horas de la mañana. Un entusiasmo que desaparecía, en mi caso, en un abrir y cerrar de libros, porque al día siguiente ya no quería ir a clase, pero esa es otra historia...
Estábamos en el primer día de clase después de las vacaciones. El día en el que todos los niños han de llevar algo que les hayan dejado los Reyes Magos, para enseñarlo, compartirlo, estrenarlo y, ¿por qué no?, presumir un poco. A veces ese algo era un estuche, otras una mochila, unas botas o un abrigo, daba igual lo que fuera pero era una especie de código. Una prueba de fuego para el objeto en cuestión, si no causaba furor en ese primer día quedaría relegado al último rincón del armario y no volvería a ser usado nunca. Yo tuve uno de esos algos. Era una mochila azul metalizada que bajo los focos de la tienda me pareció preciosa y a la luz del día no había forma de colgársela a la espalda. Creo recordar que no llegó ni a salir de casa, la pobre. La he estado buscando para subir una foto pero debió pasar a mejor vida. Ni siquiera por Internet he encontrado alguna parecida, al menos no tan horrible. Pero si que conservo una cartera de la tiernisísima infancia con mucho cariño, una cartera que me trajeron los Reyes Magos desde París y que sigue siendo igual de bonita que entonces.
Estábamos en el primer día de clase después de las vacaciones. El día en el que todos los niños han de llevar algo que les hayan dejado los Reyes Magos, para enseñarlo, compartirlo, estrenarlo y, ¿por qué no?, presumir un poco. A veces ese algo era un estuche, otras una mochila, unas botas o un abrigo, daba igual lo que fuera pero era una especie de código. Una prueba de fuego para el objeto en cuestión, si no causaba furor en ese primer día quedaría relegado al último rincón del armario y no volvería a ser usado nunca. Yo tuve uno de esos algos. Era una mochila azul metalizada que bajo los focos de la tienda me pareció preciosa y a la luz del día no había forma de colgársela a la espalda. Creo recordar que no llegó ni a salir de casa, la pobre. La he estado buscando para subir una foto pero debió pasar a mejor vida. Ni siquiera por Internet he encontrado alguna parecida, al menos no tan horrible. Pero si que conservo una cartera de la tiernisísima infancia con mucho cariño, una cartera que me trajeron los Reyes Magos desde París y que sigue siendo igual de bonita que entonces.
Hoy ha sido mi vuelta al cole, mi primer día de clase después de las "vacaciones" y, aunque he estado tentada de llevar mi cartera de Babar, mis padres me han hecho entrar en razón y la he dejado en casa. Y como hay que estrenar algo, he estrenado mis nuevos calcetines de Lorpen, porque hace tanto frío en clase que, tanto los profesores como los alumnos, vamos forrados como cebollas. ¡Hemos llegado a dar clase hasta con bufanda y guantes!
sábado, 1 de enero de 2011
Nuevas pasiones
Hay muchas frases celebres que repetimos y recordamos, imagino que por lo que nos hacen sentir. A mí las que más cosas me hacen sentir son las frases de los que comparten esta pasión, tan nueva para mí, y de la que aún me queda todo por aprender: Las Montañas, así con mayúsculas. En La Historia Interminable se dice algo así como que las pasiones humanas no se pueden explicar, que se tienen o no se tienen. Seguro que se han dicho cosas sobre todas las pasiones que el hombre tiene. Pero las que tienen que ver con la Montaña son otra cosa, las de la gente que sabe, que conoce, que siente, que ha estado o que ha vivido en la montaña, para la montaña, no se pueden comparar con nada.
Lo que se siente en la montaña no lo puedo describir con palabras por dos motivos. Uno, porque no he pisado aún mucha montaña y, dos, porque no hace falta que venga yo a decir cuatro tonterías, a mí me basta con saber lo que provoca en mí y con poder leer lo que muchísimos alpinistas han escrito. O cosas escritas sobre ellos, porque de todas ellas hay muchísimas cosas que servirían como para que nadie más tuviera que decir nada más sobre el tema. En estos últimos meses lo he pensado con muchos libros (Bajo los cielos de Asia, Bájame una estrella, Cita con la cumbre y un largo etcétera) pero siempre llega uno nuevo que me hace volver a pensarlo.
Ávida de todo este tipo de literatura me paso el día buscando títulos nuevos a los que hincar el diente. Hace un par de meses, en uno de esos momentos de investigación, curioseando por la página de Desnivel, descubrí su nuevo premio anual, leí el pequeño adelanto y se me hizo la boca agua. En cuanto salió a la venta me hice con él y en un par de tardes, entre examen y examen, lo devoré degustando cada página. La mejor forma de que comprobéis de qué hablo es leyéndolo, no necesita de ninguna presentación. Además, el descubrimiento de Mi Montaña, ha ido acompañado del descubrimiento del blog de su autora Eider Elizegi, que consiguió engancharme enseguida con la entrada en el blog que justo publicó ese día. No contenta con el libro y el blog, buscando por Internet entrevistas que hubiera concedido, encontré una en la que le preguntaban cuál era su libro preferido de montaña y, claro, tuve que hacerme con él. Vamos, que ya me ha hecho una recomendación literaria sin ni siquiera ella saberlo. Y con esa recomendación, El Monte Análogo, he empezado el 2011. Espero coincidir con Eider algún día en una de sus montañas.
Y como dice el equipo de producción de la película Pura Vida, nada de feliz año hoy. Mejor ¡feliz día!, ¡feliz mañana!, ¡felices todos los días!
Ávida de todo este tipo de literatura me paso el día buscando títulos nuevos a los que hincar el diente. Hace un par de meses, en uno de esos momentos de investigación, curioseando por la página de Desnivel, descubrí su nuevo premio anual, leí el pequeño adelanto y se me hizo la boca agua. En cuanto salió a la venta me hice con él y en un par de tardes, entre examen y examen, lo devoré degustando cada página. La mejor forma de que comprobéis de qué hablo es leyéndolo, no necesita de ninguna presentación. Además, el descubrimiento de Mi Montaña, ha ido acompañado del descubrimiento del blog de su autora Eider Elizegi, que consiguió engancharme enseguida con la entrada en el blog que justo publicó ese día. No contenta con el libro y el blog, buscando por Internet entrevistas que hubiera concedido, encontré una en la que le preguntaban cuál era su libro preferido de montaña y, claro, tuve que hacerme con él. Vamos, que ya me ha hecho una recomendación literaria sin ni siquiera ella saberlo. Y con esa recomendación, El Monte Análogo, he empezado el 2011. Espero coincidir con Eider algún día en una de sus montañas.
Y como dice el equipo de producción de la película Pura Vida, nada de feliz año hoy. Mejor ¡feliz día!, ¡feliz mañana!, ¡felices todos los días!
"Es preciso, para entender lo que viene ahora, volver a hacer con total buena fe los experimentos propuestos. Ello requiere cierta dosis de atención, paciencia y calma.
Seguía, pues, diciendo Sogol:
-1) Me visto para salir; 2) Salgo para ir a coger el tren; 3) Voy a coger el tren para ir a trabajar; 4) Voy a trabajar para ganarme la vida... Intente añadir un quinto eslabón y tengo la seguridad de que al menos uno de los tres primeros se le irá de la cabeza.
Hicimos el experimento y era un cálculo cierto; e, incluso, generoso en exceso.
-Tome otro tipo de encadenamiento. 1) El bulldog es un perro; 2) Los perros son mamíferos; 3) Los mamíferos son vertebrados; 4) Los vertebrados son animales... Y sigo: los animales son seres vivos. Pero resulta que ya se me ha olvidado el bulldog; y si recuerdo "bulldog" se me olvida "vertebrados"... En todas las secuencias de sucesión o de división lógicas se encontrará con el mismo fenómeno. Por eso confundimos constantemente el accidente con la sustancia, el efecto con la causa, el medio con el fin, nuestro barco con una residencia permanente, nuestro cuerpo o nuestro intelecto con uno mismo, y uno mismo con algo eterno."
El monte análogo de René Daumal
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