De como el déficit de atención me arrastró a no creer en el más allá y otras cuestiones
lunes, 26 de marzo de 2012
lunes, 12 de marzo de 2012
viernes, 24 de febrero de 2012
miércoles, 15 de febrero de 2012
der Mittwoch
08:00-11:00: desayunar, duchase, deberes y preparar un triste bocadillo para la comida.
11:00-13:00: clase.
13:00-14:00: engullir el bocadillo de camino a la biblioteca para seguir con los deberes.
14:00-18:00: clase.
18:00-19:00: descanso invertido en una larga fila para gastar 8 € en fotocopias.
19:00-21:00: clase.
Horas lectivas: ocho.
Horas fuera de casa: once.
(No todo ha sido tan prosaico, algunas cosas han sido estupendas: una profesora increíble ha presentado una asignatura con muy buena pinta y se me han vuelto a saltar las lágrimas como el primer día en octubre, he encontrado una rosa nada más salir de casa en el ascensor que me ha alegrado el día, he visto un atardecer durante una escapada de dos minutos, he "hablado" en cuatro idiomas y he comprendido que, aunque por fin he conseguido dar con la combinación perfecta de capas de ropa para no pasar frío en la calle, los radiadores suponen un segundo reto…).
miércoles, 25 de enero de 2012
La bicicleta
Tenía una cuenta pendiente con la bici. Cuando era pequeña mi abuelo me regaló una. Era rosa, con cestito y flecos en el manillar. Me monté un par de veces y siempre con ruedines. Creo que nunca conseguí mantenerme sobre ella sin ayuda externa. Pero el pasado mes de junio, un día cualquiera, el de mi cumpleaños por ejemplo, lo conseguí: me mantuve sobre ella (sobre otra, claro, no sobre la rosa, qué vaya usted a saber en dónde estará). Fue en un pueblo de Segovia, avancé un par de metros hacia delante y otros tantos hacia atrás, eso sí, bajándome para girarla... Este mes de enero he hecho ya seis salidas con ella. Por una pista de tierra, con bachecitos, cuestas y hasta gente alrededor. Sólo ha habido que lamentar una caída que, afortunadamente, no acabó con ninguna parte de mi cuerpo malherida. Voy con casco y mallas, no suelto los frenos y, aunque disfruto de las bajadas, no puedo evitar poner cara de pánico, a veces incluso chillo. Hasta me he puesto de pie una vez. ¿Alguien os ha dicho alguna vez que la bici engancha? Pues es cierto. A cada ciclista que me he cruzado en estas semanas me han dado ganas de meterle una patada, tirarlo al suelo y robarle la bici. Obviamente aún estoy muy lejos de soltar el manillar como los del video. No suelto los frenos, como para soltar el manillar... ¿Os imagináis a alguien de mi edad aprendiendo a montar en bici? Sí, realmente es cómico, pero tan contenta que voy, oye. Eso sí, cuando me cruzo con alguien, me paro, me escondo, o toso fingiendo que estoy resfriada y que es por esto por lo que no puedo ir más rápido. Todavía tengo que familiarizarme con los chismes esos que al tocarlos hacen que cambien cosas y que te hacen pedalear más o menos rápido. ¿Quién podía imaginar que un invento tan simple podía llevar tantos cacharros? Que si palanca, que si horquilla, que si tija, que si piñones, que si cuadro...
martes, 17 de enero de 2012
Mastering the art of eating
Hoy he vuelto a ver la película de Julie y Julia. Es una película estupenda que incita a cualquiera a escribir un blog y más aún a ponerse a cocinar. Y como en el blog ya escribí ayer, hoy he hecho pastas de mantequilla, mmm, ¡deliciosas!
Este fin de semana he tachado una manía culinaria más de mi lista. Las anchoas eran alimentos non gratos para mi paladar. Pero su sabor en los espaguetis a la putanesca me ha hecho cambiar de opinión. Y para rematar mi madre hizo brownie de postre el domingo. Un brownie exquisito que acompañamos de una bola de helado de vainilla cubierta por chocolate caliente que al contacto con el helado se solidifica... ¿A qué no hay nada que reconforte más que un postre hecho por una madre?
Con esta nada repentina fascinación por la comida hoy he empezado a pensar en sabores o alimentos que detestaba de pequeña. No soportaba el tacto del kiwi en el paladar y, en general, la fruta no me gustaba nada. Supongo que gracias a la lucha de mi madre ahora me gusta prácticamente toda la fruta. Este año he solventado mi odio hacia el plátano y el kiwi. Aunque conservo el del melón. También recuerdo que en mi casa tomaban de vez en cuando un muesli del herbolario que me parecía pienso y que intentaban hacer pasar por cereales, ese mismo muesli se ha convertido ahora en mi desayuno predilecto. Pero nada de leche o yogur, zumo de naranja natural. El mismo que hace años tardaba horas en beberme porque me daba un asco horrible su pulpa. Nunca he sentido especial predilección por el pan y ahora me he convertido en toda una experta. Me sigue encantando el olor a café recién hecho pero no creo que jamás pueda beberme una taza.
Como conclusión se puede pensar que no podemos saber nada con certeza acerca de nuestros gustos, que no debemos hacer otra cosa que probar y esperar. Vamos que el ser humano es Él y su paladar.
Como conclusión se puede pensar que no podemos saber nada con certeza acerca de nuestros gustos, que no debemos hacer otra cosa que probar y esperar. Vamos que el ser humano es Él y su paladar.
lunes, 16 de enero de 2012
¿Dónde está la nieve?
Esta nochevieja me la he pasado metida en la cama con un resfriado y con la mejor película para cualquier ocasión y más para esta, El apartamento. Escuché los fuegos artificiales y las campanadas de la televisión de los vecinos debajo del nórdico mientras C. C. Baxter y la Señorita Kubelik jugaban a las cartas.
He intentado varias veces en este último mes escribir algo y todas las veces ha ocurrido lo mismo. Abro el blog, le doy a “Nueva entrada”, observo el parpadeo del marcador, escribo dos o tres frases aburridas y sin ninguna gracia y según las termino de escribir las borro pensando que hoy tampoco estoy inspirada. No sé qué me pasa. Quizá sea porque esta novena campaña de navidad he trabajado sólo dos semanas. Quizá que, como venía un poco sin pilas por las clases, no tenía ni una gota más de energía creativa. O puede que haya influido el hecho de que en dos meses he pasado cinco resfriados, aunque nunca se sabe, igual es el mismo que se toma días de descanso. El último de ellos, -diagnosticado como “gripe estacional y faringitis” por dos médicos diferentes-, empezó el día 27 de diciembre, remitió pasado el roscón y hoy ha vuelto a manifestarse. Y no es que no me hayan pasado, como siempre, cosas divertidas en la librería. Por ejemplo, en el bus de vuelta a casa he coincidido dos veces con un señor que en principio parecía estar recortando un artículo que le interesaba del periódico con unas tijeritas diminutas y que resultó estar recortando todos los artículos del periódico con unos aires un tanto obsesivos; he vuelto a responder a esa pregunta maravillosa de “¿Dónde están los libros de verdad?” Porque ni la física, ni la filosofía, ni la política eran lo que ella buscaba. Claro que a pesar de tener gracia la pregunta yo no puedo evitar pensar lo mismo. Y es que, vamos a ver, si entras en una librería y las primeras estanterías que ves dicen “Espiritualidad”, “Seres mágicos”, “Ufología”, “Cristales energéticos”, yo también pensaría que es una librería con libros de mentira. He vuelto a tener el placer de que un cliente me escenifique lo que busca, el año pasado fue la cara de El Grito de Munch y este año ha sido la pose de la ardilla de la portada del libro Las ardillas de central park están tristes los lunes; he tenido también experiencias extrañas acerca de mi tatuaje, considerado por un chico -que no pudo evitar tocarlo- un símbolo satánico (imagínense mi cara); otra señora encantadora estaba segura de que le vendí un libro de cocina en el mes de octubre y quería que le recordase cuál fue; he confundido los títulos de Yo confieso de Jaume Cabré con En confianza, del que no haré ningún comentario; y ¿qué más? Ah, sí, la última que me ocurrió y la mejor de todas fue la de un hombre de unos cuarenta o cincuenta años que buscaba una biografía de un personaje sudamericano que no soy capaz de recordar “para regalar”. Él conocía dos. Una en la que no tenía ningún interés, porque decía que era malísima (de la que no había ejemplares) y otra, de la que nos figuraba un ejemplar en la base de datos. Encontré el ejemplar (glorioso momento ese de encontrar el único ejemplar que queda de algo) y me lo agradeció mucho de forma muy discreta pero agradable. Lo curioso fue que durante la búsqueda me dijo mirando la chapa con mi nombre “¿Cuántas veces te habrán dicho eso de ¿Quién me dijera, Elisa, vida mía…?" Me quedé perpleja, me sonrojé y él me recomendó leer el soneto de Garcilaso. Así da gusto ¿verdad?
Quizá no sean sólo las ardillas las que están tristes los lunes. Hoy es el Blue Monday ese del que hablan. Quizá por eso hoy me están saliendo más de dos líneas seguidas. No, definitivamente es porque empiezo exámenes el lunes.
lunes, 9 de enero de 2012
miércoles, 21 de diciembre de 2011
El matrimonio y sus similitudes
"Anatoli, en cambio, era mi mejor amigo. El mejor de los compañeros. Habíamos empezado una nueva relación como compañeros de escalada y nos parecía natural emparejarnos en nuestras expediciones y en la preparación de nuestros proyectos futuros. Cuando pienso en la fuerza que nos unía, me sorprende que sólo nos conociésemos desde hacía 14 meses. Las cosas en común, la similitud de ideas y la relación que teníamos eran más bien las que se tienen entre dos hermanos o amigos de la infancia."
Estrellas en el Annapurna de Simone Moro
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| Un matrimonio a la izquierda y dos pedazo de hombres a la derecha, Simone Moro y Anatoli Bukreev. |
Hoy por la mañana hice la maleta a todo correr, cargué con ella a cuestas y emprendí mi camino habitual a clase. ¡Vaya cuestas! Estos tres meses de clase han acabado con un examen de fonología que me va a provocar pesadillas durante todas las fnacaciones. Lo sé, sé que voy a tener a Trubetzkoy, Lapesa, Mosterín y Martínez Celdrán hasta en la sopa. Y como lo sabía me cogí de casa la semana pasada, la del puente, el libro de Simone Moro, mi primera lectura por placer de estos meses. Lo devoré en el tren, después de haberme comido un hornazo charro de jamón y queso (el primero desde mi llegada, eh). El otro día oí que los buenos cocineros no pueden cocinar con el estómago vacío porque todo les sabría a gloria. Así que si con el estómago lleno, las palabras de Simone fueron mejores que cualquier plato gourmet, puedo asegurar que la lectura no decepcionaría ni a Ratatouille. Me he reservado el último mordisco para esta noche. De vuelta en Madrid, en esta cama que tanto echo de menos en Salamanca, remataré la lectura y seguro que me quedo con ganas de más.
Para que no suene todo tan idílico me he cogido el segundo resfriado de la temporada y como el examen fue un desastre y salí en cuarenta minutos, estuve dos horas esperando en la estación, ¡menos mal que hacía sol! Y menos mal que los otros dos exámenes que he hecho los he aprobado. El viaje en tren fue más tranquilo de lo habitual, casi todo el mundo durmiendo. Sólo se escuchaba la conversación de un matrimonio de unos setenta años. Iban metiéndose con toda la familia, probablemente con la que estaban a punto de reunirse. Algunos de los comentarios que hacían tenían gracia. Se bajaban en la misma parada que yo y cuando me miraron al levantarme, sus miradas despertaron tanto interés en mí que no pude evitar seguir con la oreja pegada.
Él: Mira, mira, hay que levantarse ya.
Ella: No, no, cuando lo anuncien que da tiempo de sobra.
Él: Ya, ya lo sé, si no he dicho nada.
(Mientras yo cogía la maleta)
Él: Habría que ir levantándose.
Ella: Que no hombre, que no, que cuando lo anuncien da tiempo de sobra.
Él: Que ya, que ya lo sé.
Ella: ¿No quieres aprovechar para hacer pis?
Él: No, no, cuando lleguemos. No tengo ganas todavía.
(Suena la megafonía infernal: "Señores viajeros tren con destino Madrid Chamartín, próxima parada..." Se levantan y se ponen a mi lado en la puerta que, casualmente, está al lado de la puerta del baño.)
Él (mirando el cartelito de WC como un niño pequeño): Voy a hacer pis un momento.
Ella: Ni hablar, que va a parar ya, hombre, Jesús, que siempre haces lo mismo.
Él: Que no me aguanto, no tardo nada, ya verás.
(Como no es el final del trayecto el tren para sólo unos minutos y continúa su trayecto. Ya he visto a más de uno con poco salero que se iba a bajar en Ávila y acabó en Peñaranda de Bracamonte.)
Ella (mientras él estaba en el baño): Hay que joderse. -Seguro que mi buena amiga le diría a Simone algo así como "¿Hermanos? ¿Amigos de la infancia? Sí, sí, tú estate casado con alguien durante 46 años y verás la similitud de ideas por donde te la pasas"-.
viernes, 2 de diciembre de 2011
¡Por allí resopla!
En esta ciudad hay una calle que popularmente se conoce como la calle de los tres coños, no sé cuál será su nombre oficial. Pero es totalmente cierto que cuando pasas por ella en esta época del año no puedes evitar decir coño qué frío, coño qué alto, coño qué bonito. Tengo que pasar por ella dos veces al día, cuatro los jueves. Es una calle muy estrecha que bordea la catedral y que está en cuesta. Se forman unas corrientes de aire que ya las quisiera para sí el Capitán Ahab. Así que ver paraguas volando sin dueño es de lo más habitual. Cuando le pasa a uno, no tiene ninguna gracia, pero ver a los afortunados dueños que no lo han perdido todavía, arrebatado por las tempestades de los tres coños, luchando para ponerlos del derecho, aferrándose a ellos como si fueran un tesoro, además de ser divertidísimo, siempre me trae el recuerdo de la escena de Mary Poppins en la que el Señor Banks pierde los papeles y recobra la cordura en aquel despacho del banco. Mucho me temo que esta misma calle con las nevadas y sus consecuentes heladas invernales ha sido el lugar donde se rodaban las caídas de videos de primera. Menos mal que el programa desapareció y que yo tengo ya una mínima experiencia en lo que a crampones respecta –ya falta poco para sacaros del armario, lo prometo-. Otro día os hablo de los chochos charros, por hoy vais servidos de “genitalidades”.
Mención especial a una compañera bloguera que me ha descubierto una página para hacer cosas como las de la foto. ¡Gracias!
domingo, 20 de noviembre de 2011
jueves, 17 de noviembre de 2011
"Decíamos ayer..."
Al parecer ya me está permitido hacer valoraciones –siempre chorras, eso sí- sobre la universidad. Digo al parecer porque como soy novata tengo miedo de exceder algún límite y que caiga sobre mí alguna reprimenda, aquí no se andan con miramientos. Lo mismo les da ponerte en mitad de la plaza mayor con la ropa interior por fuera, como si fueras superman, que te hacen cuidar de un huevo durante quince días. Como estoy compartiendo piso y no en una residencia me he librado de padecerlas pero no de verlas y, creedme, no son ni divertidas. Como en esta vida más vale prevenir que curar yo me voy a andar con cuidado no sea que a algún listillo se le ilumine la bombilla y se acuerde de nosotros, los otros novatos. Y nosotros ya tenemos suficiente con aguantar las “cosillas” de los compañeros de piso como para andar haciendo el gilipollas.
Pero bueno, al grano, los hechos que me ponen en disposición de hacer valoraciones son:
Pero bueno, al grano, los hechos que me ponen en disposición de hacer valoraciones son:
- haber asistido a todas las clases durante más de un mes,
- haber perdido y recuperado la carpeta de clase con todos los apuntes de ese mismo mes de clase (Emilio, querido conserje, nunca te estaré lo suficientemente agradecida),
- haber padecido alguna enfermedad estando lejos de los mimos maternos (¿Verán mis ojos el año en el que no coja un resfriado?),
- haber hecho al menos un examen,
- haber esperado pacientemente numerosas filas en secretaría,
- haber pisado al menos una vez la cafetería de la facultad,
- haber expuesto un trabajo grupal delante de mis compañeros con power point incluido y
- haber creado un grupo de estudio para comprobar si es verdad eso de que cuatro ojos ven más que dos.
Me viene a la cabeza eso de que "lo bueno, si breve, dos veces bueno" así que os voy a dejar con este aperitivo de mi aventura universitaria para que vengáis a por las primeras valoraciones y demás historias en breve.
miércoles, 16 de noviembre de 2011
viernes, 23 de septiembre de 2011
domingo, 18 de septiembre de 2011
Sin existencialismos ni gilipolleces

Voy dejando pasar los días mientras espero los resultados de los exámenes, esperando desesperadamente a que alguien cuelgue las respuestas. Y, a la vez, preparándome para lo mejor, luchando por no volverme loca con los horarios de las futuras clases a las que asistiré. ¿Cómo es posible que nadie me haya avisado de lo difícil que es comprender los horarios de la universidad y cuadrar las asignaturas que eliges para que no coincidan unas con otras?
Entre búsqueda incesante de exámenes y plantillas incomprensibles de horarios, ayer me fui al cine a ver una película de la que no sabía nada excepto que trabajaban Brad Pitt y Sean Penn, El árbol de la vida. Aburrió soberanamente a mi acompañante y, al parecer, a varios espectadores de la sala que se salieron durante la proyección. Digo al parecer porque yo estaba tan metida en la película que ni me enteré. Es larga y extraña, muy extraña. Salí del cine con una sensación parecida a la que me provocó una película que me gustó mucho: El nuevo mundo. Ambas son del mismo director, Terrence Malick. No sé cómo explicarlo sin quedar muy pedante, así que les dejo lo de las sensaciones a los críticos de cine y yo me centro en lo que más me gustó. Las maravillosas imágenes del mundo, del universo, ¡Y hasta de dinosaurios! que recuerdan a un documental de esos que le dejan a uno boquiabierto, por un lado, y con una sensación de vértigo, por otro. Me entusiasmó también cómo transmite las vivencias y las emociones -¡Bendito diccionario de sinónimos!- de la infancia.
Después del cine y para celebrar el fin de exámenes, con muchas ganas de hacer un poco de vida social después de dos meses de reclusión prácticamente absoluta, nos fuimos a tomar unos mojitos a la terraza de un bar desde el que vimos los fuegos artificiales de Villaviciosa de Odón. Sin planearlo, que es como mejor salen las cosas, acabamos con otros amigos en un karaoke en el que, por supuesto, no canté y, sin saber cómo, hoy estoy afónica. Aunque quizá tenga algo que ver eso de haber llegado a casa a las seis de la mañana y haber dormido tres horas.
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